Extracto del libro LA COLONISATION DE L'EUROPE - La Colonización de Europa
Por Guillaume Faye
Los partidarios dogmáticos de la educación permisiva y del pedagogismo, doctrina inspirada en "El Emilio", obra del pre-trotskista Jean-Jacques Rousseau, provienen del mismo medio ideológico que el partido inmigracionista. El humanitarismo igualitario habrá rematado, en dos generaciones, su obra de destrucción y también de autodestrucción. Los métodos permisivos aplicados a las poblaciones de tendencia delincuente que no comprenden, culturalmente, la autoridad sin la fuerza, no pueden acabar sino en la anarquía y el desastre. La educación nacional ofrece gasolina a los que quieren apagar el fuego o, en último caso, agua de rosas.
En la educación pública, no se ofrecen soluciones en el cuadro de la sociedad y de la ideología actuales. Las soluciones ofrecidas por la escuela de Jules Ferry -con su disciplina rigurosa y su civismo moral autoritario- son inaplicables: los jóvenes inmigrantes son completamente reacios y el cuerpo de enseñantes es incapaz de ponerlos en cintura. La derecha y la izquierda republicano-autoritaria se equivocan completamente. En el cuadro del actual sistema, todo esfuerzo es vano. Cuando ya es tarde, siempre es demasiado tarde. El sistema ha naufragado por sí mismo, a los pies de sus errores. Solamente sobre los escombros del antiguo sistema podrá edificarse un nuevo orden. Llegados a un cierto nivel, a un cierto estado de descomposición, toda reforma es vana.
La mayoría de los "problemas" de la educación nacional provienen de dos causas: el laxismo pedagógico antiautoritario y antiselectivo, y el caleidoscopio étnico de la población escolar. Pocos periodistas han tenido el valor de Jean-Louis Turenne, en Le Figaro: "Una inseguridad en proporción aritmética, unos niveles catastróficos de integración averiada: nada funciona en las escuelas. Los liceos descienden a la calle, los profesores lanzan un SOS. Ante la evidencia, se impone un tratamiento de choque (…) La escuela francesa está enferma, y sus males son de todos conocidos… pero parece que a nadie importa, nadie quiere reconocer que ha fracasado". Es decir, por dogmatismo ideológico no se osa evocar las verdaderas causas y se limita a reclamar siempre mayores medios financieros, cuando Francia consagra al Ministerio de Educación la proporción mayor de los países de la OCDE. (…) Como si el dinero pudiese resolver un problema sociológico y étnico. Frente a la violencia en las aulas, los mercachifles del laxismo social y del antiautoritarismo, confrontan dogmas frente a hechos, exigen la presencia de vigilantes, quieren la protección de la policía.
La violencia escolar en Francia alcanza ya niveles insoportables, tras su debut en los años 80. Adquiere formas desconocidas en los demás países de la Unión Europea y los Estados Unidos. Se calcula que en un 30% de los colegios, la transmisión del saber es imposible. Los enseñantes no pueden hacerse no ya respetar, sino tan solo entender. Estas son las formas más frecuentes de la delincuencia escolar.
1. El chantaje, exigido por los jefes de banda a casi todos los alumnos. En algunos casos, los alumnos son chantajeados por varias bandas a la vez.
2. Los enfrentamientos entre las distintas bandas organizadas y clanes, y los robos.
3. Los saqueos e incendios de los locales.
4. Las amenazas y agresiones contra los docentes. Éstos de exponen a las represalias en cuanto muestran el menor signo de autoridad. Las represalias, generalmente, son llevadas a cabo por bandas no escolarizadas.
En 1998, en los establecimientos de enseñanza pública se produjeron 10 muertes, 253 heridas de gravedad, 300 violaciones, 17 incendios importantes y 27780 "agresiones diversas". La prensa jamás ha publicado estas cifras, aun cuando son públicas. Otras cifras interesantes: el 80% de estos actos de barbarie escolar son cometidos por jóvenes magrebíes o africanos.
Curiosamente, en el África colonial de principios de siglo, al igual que en el Magreb, los enseñantes franceses jamás encontraron problema alguno de rebelión o de violencia. La razón es tan simple como que los profesores aparecían como civilizadores y dominadores. Hoy, los jóvenes inmigrantes se erigen en reivindicadores, en vengadores de sus padres. Sin conocer la mínima señal de autoridad seria, retornan inconscientemente a su mentalidad ancestral. De colonizados y civilizados por la fuerza sobre su propio solar, se afirman hoy en nuestro solar como colonizadores y civilizadores. Clásica vuelta histórica.
El error de la integración republicana es total. En los colegios y liceos, los jóvenes inmigrantes afirman con violencia sus diferencias, su nacionalismo, su islamismo y su odio hacia todo lo que es francés y europeo. En enero de 1999, Le Figaro publicó el diario de a bordo de un profesor en los suburbios, un documento de total autenticidad que fue inmediatamente puesto en duda por los buenos espíritus. Los liceos de la región parisina aparecía descrito como una verdadera fauna étnica, donde toda enseñanza era imposible, donde el cuerpo de enseñantes vivía bajo el terror diario, donde la violencia y la criminalidad estaban a la orden del día, y donde los liceos europeos sufrían el asalto de las bandas étnicas. El autor del diario decidió abandonar la enseñanza tras ser agredido con seriedad repetidas veces por un mismo alumno, africano, frente al cual tuvo la imprudencia de amonestarlo en una ocasión. El diario ha sido publicado como libro recientemente (Nicolas Revol, "Sale Prof !", Fixot).
Aquí, podemos leer cosas como estas: "Mi grupo se componía de un 50% de magrebíes, 18% de africanos, 10% de turcos, 10% de portugueses, 10% de franceses autóctonos y unos pocos asiáticos diseminados. En la práctica se dividía en dos grupos: los africano-magrebíes y los blancos, a lo cuales se arrimaban los asiáticos buscando protección. Los blancos ocupaban los puestos cercanos al estrado, para escuchar mejor la lección y, tras una zona de transición vacía, se agrupaban los demás. El reparto en las demás aulas era similar". Es evidente que, frente al criterio oficial, una separación racial -y hostil- se ha instalado de forma natural. (…)
Cuando el autor del libro fue agredido por su alumno de color (cinco meses de suspensión de trabajo), la dirección del colegio no le apoyó, acobardados frente al agresor. En el anuario del colegio, el director anotó estas palabras que bien pudieran pasar a formar parte de una antología de la falta de vergüenza: "Durante este curso, la situación personal del señor Reval no le ha permitido abordar con serenidad su relación con los alumnos".
La descomposición de la escuela republicana está causada por una razón que las autoridades no ignoran, pero que no se atreven a abordar: la escuela pública no cumple en absoluto con su rol de integración, más bien es un reflejo perfecto del estado general de lucha étnica. No me resisto a relatar un hecho interesante. En la mayor parte de las villas y aldeas del distrito de Gard, para "luchar contra los ghettos" de la vecina Marsella, se levantaron barriadas ocupadas por familias africanas y magrebíes, recién llegados. Diez años más tarde, los problemas comenzaron desde la escuela primaria. La pequeña delincuencia y la insubordinación degradaron los colegios de forma súbita, los niveles bajaron. Hoy, a los quince años, el distrito de Gard registra la mayor tasa de criminalidad callejera de la región.
El contraejemplo lo encontramos en regiones como Saintonge, Périgord o Finisterre, donde la calidad de la escuela primaria pública es la misma que a principios de siglo. Cuando observamos las fotografías de las clases y se examina la composición étnica de las mismas, se comienza a comprender. En toda Francia, la degradación de los niveles es exactamente proporcional al carácter multiétnico de las clases. Estoy dispuesto a atender las estadísticas que me demuestren lo contrario y a oír una explicación intelectualista y políticamente correcta a este extraño fenómeno.
En París, yo mismo realicé una encuesta en el Liceo Jean-Baptiste Say, donde la proporción de magrebíes es de un 15%, y la de inmigrantes en total del 20%. Estas son las palabras de un profesor anónimo: "No encontramos solución a los problemas. Respetamos los programas oficiales y la violencia era controlable. Hemos acogido solamente el mínimo oficial de extranjeros que señala la ley. Pero aun así los problemas han comenzado a surgir. Los nuevos alumnos rechazan los grupos propuestos y se reagrupan por su origen étnico. La primera de mi clase es una chica tunecina, quiero decir de origen, pues es jurídicamente francesa. Pero ella se dice a sí misma "árabe" y "musulmana". Aprende, pero no ofrece nada, no aporta nada. Su pertenencia a Francia no le importa, ni tiene significación alguna. En un futuro próximo, comenzaremos a tener tensiones serias". No quiero decir que los hijos de los inmigrantes de ultramar sean consustancialmente subdotados y perturbadores. Simplemente que es imposible transmitir un saber y unos valores comunes a una población escolar heteróclita, en busca de horizontes diferentes. Una educación carece de sentido si no comporta una perspectiva histórica, enraizada en una historia y orientada hacia el destino de un pueblo. Una educación es inviable si no va dirigida a los seres humanos reales, compartiendo una identidad homogénea, no a "niños de ninguna parte", según la expresión de Erik Saint-Jall en "La Compañía de la Osa Mayor".
El actual drama de la educación nacional es emblemático: demuestra que la transmisión de una cultura no es posible sino en un bloque étnico relativamente homogéneo. La ceguera de la ideología republicana igualitaria es total. El mito del "nuestros antepasados los galos" es ridículo, incluso más funcional en el África colonial sumisa del siglo XIX que en el momento en que los africanos arribaron en masa hacia nosotros. Los hechos están ahí. La educación pública, la transmisión del saber y de la cultura, son los ejes de una civilización. En este dominio las soluciones asimilacionistas ("Todos somos franceses, ¿no es así?") como las soluciones comunitaristas o etnopluralistas ("a cada uno su enseñanza") son irrealizables. Ninguna educación podrá abolir las referencias étnicas, y menos si se funda en los mitos de la mundialización, que no es sino la resurrección de las temáticas internacionalistas de otros tiempos.
Los responsables políticos de la educación nacional, ministros o secretarios de Estado, se empeñan, tras veinte años de fracasos, en sus propios consuelos de minimizar el desastre. Su jerga oficial es ridícula, como el cargo elegido para la señora Sègoléne Royal: "ministra delegada en el cargo de la enseñanza escolar"; el simple cargo oficial de "enseñanza escolar" da una imagen del caos lingüístico. Las medidas de la señora Sègoléne pronto se encaminaron en aumentar el cupo oficial obligatorio para alumnos inmigrantes, pero no dudó en matricular a sus hijos en los mejores liceos privados. Su comportamiento devalúa su propio discurso, y ante ello ni siquiera es necesario responderle. Ante los amplios problemas que causa la emigración entre los enseñantes, los poderes públicos pisan el acelerador. Carecen de soluciones. Y es normal que sea así, pues sus dogmas les impiden ver las verdaderas causas del hecho.
En efecto, la cuestión de la capacidad de los interesados tanto escolar como profesionalmente es la que debe prevalecer antes de tomar cualquier decisión, pero los poderes públicos no quieren adentrarse en terreno minado. El psicoanalista americano Samuel Rosenzweig escribió: "un individuo que personalmente es incapaz de integrarse en un sistema cualquiera -escuela, empresa, trabajo a cumplir, seducción a obrar, etc.- se revela contra ese sistema y lo declara enemigo y obstáculo injusto, transformándolo en objeto de destrucción" (Roots of Failure). Rosenweig había estudiado la situación de los jóvenes negros en Los Angeles, remarcando su complejo de inferioridad hacia la "civilización blanca", que se traducía en hostilidad y resentimiento. Los celos se transformaban en odio. Los americanos, durante los años sesenta, decidieron que la causa del fracaso escolar de los negros estaba en la discriminación y en el ghetto escolar; de este modo impusieron la escuela multirracial. Error total, evidentemente.
El alarmista informe Dubet sobre el Colegio (en realidad sobre los colegios y liceos multirraciales), actualizado en mayo de 1999, confirma como un hecho el rechazo de la gran mayoría de los jóvenes inmigrantes a dejarse instruir por enseñantes de origen europeo, a aceptar una disciplina (aun deficiente) proveniente de una educación nacional considerada como emanación de un Estado extraño y enemigo. Mónica Vueillat, secretaria general de la FSU, declaraba: "Los educadores han inventado ya mucho, han dado ya todo, están al borde de la ruptura". En realidad, están recogiendo lo que otros han sembrado. La misma señora Vueillat preconiza "introducir la diversidad conservando la igualdad republicana". Bello dialecto, a la vez que incomprensible, tanto como la cuadratura del círculo. Otros empiezan a hablar de crear programas especiales para los hijos de inmigrantes afro-magrebíes, pero claro, según la lógica de la "discriminación positiva". O sea: la ideología dominante se muerde la cola; jamás podrán explicar por qué la tasa de analfabetismo es cuatro veces mayor entre los afro-magrebíes que entre los europeos autóctonos, incluso entre clases sociales equivalentes. Tampoco logran explicar la escasísima tasa de universitarios afro-magrebíes.
Un tabú que nadie se atreve a mencionar es la ínfima proporción de inmigrantes entre los politécnicos, los ingenieros de alto rango, los pilotos, los investigadores cualificados. La ideología dominante sostiene que esto es debido a una discriminación voluntaria, por lo tanto sus soluciones tienen como consecuencia que los jóvenes afro-magrebíes reciben muchas más ayudas que los hijos de los obreros franceses y que los hijos de los emigrantes españoles, italianos o portugueses. ¿Discriminación? Sí, ¡hacia los blancos! O bien la "circulación de las élites" de la que hablaba Pareto no funciona entre los afro-magrebíes, o bien funciona sólo para el proletariado europeo.
Roger Fouroux, presidente del Alto Consejo para la Integración, mostrando sus dogmas republicanos igualitarios, deplora que "nuestro sistema escolar está constituido de tal forma que un hijo de inmigrante no tiene posibilidades de acceder a la enseñanza universitaria". Y para solucionar este problema propone toda una serie de medidas, antirrepublicanas y antiigualitarias, fundadas en el principio de la "discriminación positiva", es decir, un favoritismo hacia los inmigrantes a la hora de elegir plaza en las universidades. Fouroux jamás ha puesto en duda estos principios simplemente por que es un racista, sin saberlo, pero un verdadero racista. No existe mayor humillación para un hijo de inmigrante que el acceder a cupos artificiales, cuotas, trucos que le permitan instalarse en un sistema al cual en justicia no ha accedido por sus méritos. ¿Y si ocurriera que la mayor parte de los jóvenes inmigrantes no estuvieran interesados por la Universidad? ¿Les tendríamos que hacer estudiar a la fuerza? El señor Fouroux, como todos sus pares, desconoce completamente la realidad social, cultural, étnica, antropológica de los inmigrantes, que sólo ve por la televisión.